Sacrificio indispensable
Actualizado (Lunes, 27 de Abril de 2009 09:58) Escrito por Plinio Correa de Oliveira Domingo, 28 de Diciembre de 2008 22:00
El Sacrificio indispensable
Plinio Corrêa de Oliveira
El 9 de junio de 1.935 Dr. PLINIO de 26 años de edad, escribió en Legionario No.173 –el periódico de la Arquidiócesis de Sao Paulo- este artículo del cual destacamos algunos trechos. Se trata de un llamado a las almas más generosas, que tal vez de haber sido escuchado habría evitado la catástrofe mundial que se desataría sobre la tierra con el inicio de la Guerra Civil Española, como abrebocas de la II conflagración mundial, ya que él parecía entrever que no era un holocausto de sangre joven en los campos de batalla al servicio de nacionalismos crueles sino otro, y todavía mucho más sublime.
(…) El gran sentido de la vocación de esta generación que actualmente alcanzó la juventud, es el sacrificio. O esta generación enfrentará la dureza de su vocación con la generosidad del martirio, o ella será inevitablemente devorada por las tempestades que las generaciones anteriores acumularon con sus errores, y que ya están listas para caer sobre el mundo contemporáneo.
Pero el sacrificio que se requiere no es de sangre. No es la muerte lo que la gracia le impone al joven de hoy como peligro supremo a enfrentar, sino la propia vida. No son tiempos para que los creyentes demuestren su fe por el testimonio de un sangriento martirio. Lo que hoy la Iglesia pide a sus fieles es el testimonio de una vida ejemplar, y el sacrificio generoso de toda nuestra personalidad a la gran causa por la cual se hace necesario luchar.
Este sacrificio es el de los bienes temporales. Es el sacrificio del tiempo que se emplea en el apostolado cuando podría ser utilizado en conseguir dinero. Es el sacrificio de las actitudes que se toman para salvar a las almas perjudicando incluso nuestra reputación social, las más queridas relaciones de familia y amistad, las más preciosas simpatías.
Mas, sobre todo, este sacrificio es el del alma que se purifica por la práctica de la virtud, que se inmola en el sufrimiento interior, que sube espontáneamente al altar de las más dolorosas pruebas espirituales, con aquella resolución magnánima con la que caminaban para el martirio los primeros cristianos. Porque el mundo actual fue perdido por el pecado, y solamente por la virtud se ha de rescatar. Porque de nada vale la más útil de las obras de apostolado a los ojos de Dios, cuando el apóstol lleva en el alma aquel mismo espíritu del mundo que combate por sus acciones.
Es precisamente esto lo que el mundo no quiere comprender, y es a esta incomprensión que le atribuyo el pequeño número de vocaciones entre nosotros.
La vocación sacerdotal es por excelencia, la vocación para el sacrificio.
En primer lugar, es toda la ambición humana que se sacrifica, por la humildad voluntariamente abrazada, y que es inseparable del estado sacerdotal. En segundo lugar, es la santidad lo que se tiene en vista. Y quien dice santidad, dice sacrificio completo de toda la felicidad que el mundo pueda dar mediante su sistemática servil adulación de los sentidos, a través de su loca exaltación de la concupiscencia y del orgullo de la vida. Y en tercer lugar, viene el sacrifico supremo, en que el sacerdote ya no inmola a la Justicia de Dios su propia persona, sino el propio Hijo de Dios hecho hombre para rescatar los pecados del mundo.
Veo a veces pasar por las calles uno que otro seminarista llevando, en la gravedad del traje y en la humildad del porte, la afirmación de todos los principios de renuncia que el mundo detesta. Algunos transeúntes los siguen con la mirada. A muchos los hacen blanco del odio y del escarnio.
En torno a mí el mundo se agita febrilmente. El periódico que tengo en las manos me da la noticia de que grandes estadistas quieren salvar a Brasil revalorando su moneda, saneando sus finanzas o reformando su administración.
Y, en mi corazón, de mi parte me río por la locura del mundo. No van a ser el gran estadista o el gran científico, ni el gran periodista, que todos aplauden, los que salvarán al Brasil.
Seminarista humilde, del que todos se ríen, tú serás un santo, y serás tú el verdadero salvador de Brasil.




