Lux fulgebit hodie super nos

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 "Lux fulgebit hodie super nos"  

Plinio Correa de Oliveira 

Publicamos a continuación algunos apartes de una magistral meditación navideña hecha en Diciembre de 1.953 por el fundador de Tradición Familia y Propiedad y publicada en el No. 36 del periódico "O Catolicismo" de Brasil. El Dr. Plinio establece unos puntos de referencia y similitudes entre los lejanos tiempos del paganismo y el neo-paganismo actual en que cayó la humanidad, que ciertamente puede servirnos a los católicos de hoy día para comprender lo que realmente significó la Encarnación de Dios, y los dramáticos días que se nos avecinan debido a la mentalidad que se le inoculó a las nuevas generaciones. 

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    "Lux in tenebri lucet" (Ju. 1,5), fue con estas palabras que el discípulo amado le anunció a sus tiempos y a los siglos venideros el gran acontecimiento que celebramos los católicos en este mes de diciembre. Fórmula ciertamente muy sintética pero que expresa el contenido inagotablemente rico del gran hecho : había tinieblas por todas partes ... y entre la oscuridad de esa tinieblas espantosas, se encendió una luz. Por eso es que nuestra santa Iglesia afirma con estas palabras proféticas de Isaías su júbilo en la noche de navidad : "La luz brillará hoy sobre nosotros porque nos nació el Señor. Su nombre es admirable, Dios, Príncipe de la Paz, Padre del siglo futuro. Y su Reino no tendrá fin" (Is.9,2-6. Intróito de la 2ª Misa de Navidad)

     ¿Cuál fue la razón para usar esas metáforas? ¿Por qué luz? ¿Por qué tinieblas? 

     Todos los historiadores y comentaristas son unánimes en afirmar que las tinieblas que cubrían la tierra cuando nuestro Salvador nació eran la idolatría de los gentiles, el escepticismo de los filósofos, la ceguera de los judíos, la dureza de los ricos, la rebeldía y ocio de los pobres, la crueldad de los soberanos, la ambición de los hombres de negocio, la injusticia de las leyes, la conformación defectuosa del Estado y de la Sociedad, la sujeción del mundo entero a la prepotencia de Roma. Y fue en la más profunda oscuridad de esas tinieblas que Jesucristo apareció como una luz.

     ¿Cuál es la misión de la luz? Evidentemente disipar las tinieblas. De hecho, poco a poco ellas fueron cediendo. Y en orden a las realidades visibles, la victoria de la luz consistió en la instauración de la Civilización Cristiana que -al tiempo de su integridad- fue, aún con fallas inherentes a lo que es humano, el auténtico Reino de Cristo.

     No es del caso hacer aquí y ahora la historia del crepúsculo de la Cristiandad Occidental. Baste recordar que del siglo de un Santo Tomás de Aquino y un San Luis Rey de Francia, hemos resbalado para esta era del laicismo y el ateísmo militante de nuestros días. Los ricos son nuevamente duros, los pobres tienden cada vez más para la rebeldía y el ocio, la crueldad penetró de nuevo en las leyes de los pueblos y en la relaciones entre las naciones, las ganancias de los hombres de negocios no tienen límite, las leyes son cada vez más socialistas e injustas, mientras que la conformación de la Sociedad y el Estado se hace cada vez más defectuosa. El panorama que trazamos del mundo antiguo y pagano se aplica facilmente al mundo de hoy con simples cambios de nombres, hablando ya no de Roma sino de Washington y Moscú. He ahí las tinieblas de nuestros días. ¿Y la luz? La luz es Jesucristo, la luz somos nossotros, pues "Christianus alter Christus". ¿Cómo actuar entonces para disipar las tinieblas de hoy? Como lo hizo Nuestro Señor Jesucristo que es la Luz por excelencia. Pero ¿concretamemte cómo? ¿Qué método emplear?

     (...) Todo el mundo admite que en esencia son tres los factores que esclavizan al hombre en el error y el pecado : El Demonio con sus tentaciones, el Mundo con sus seducciones y la Carne con su agijón. (...) De hecho, el hombre que se entrega a las voluptuosidades de la carne tiende a arrojarse con todo el peso de sus miserias a las delicias del mundo, y su alma llena de tanto lodo, está preparada para la acción del demonio. Cada uno de estos factores abre pues el campo al otro en lugar de disputarle el terreno. Y por eso, instaurado en un alma el yugo del demonio ella se torna cada vez más esclava del mundo y de la carne. Es lo que se puede llamar entonces un círculo vicioso.

     De más a más, carne, mundo y demonio no constituyen tres etapas distintas, tres abismos sucesivos. La capitulación delante de cualquiera de ellos, por más incipiente que sea, da inmediato vigor a los otros. El círculo vicioso tiene inicio ya en la primera derrota; es bajo la forma de círculo vicioso que se presentan las primeras tentaciones.

     (...) Pero, ¿en qué consiste precisamente la acción del demonio? En dar a los impulsos del desorden que el Pecado Original instaló en nosotros, una vivacidad, una energía, una bajeza todavía mayor. En arrastrarnos a una esfera de degradación, de sensualidad y de impiedad peor aún que la de la simple malicia humana. Arrastrando pues para más abajo a los pecadores; procurando dar cohesión, unidad, precisón de movimientos en toda la tierra a las energías caóticas y por sí mismo anárquicas de la corrupción. Soplando, estimulando, capitaneando, el demonio es el verdadero jefe del reino de  las tinieblas del mundo. De ahí, las notas tan frecuentes del mundo de hoy que están en un nivel peor que el de la naturaleza caída del hombre : Incapacidad casi total para distinguir entre verdad y error; indiferencia completa ante el bien y el mal; ceguera delante de milagros estupendos como los de Lourdes; odio militante a la Iglesia; idolatría de la carne. Y por encima de todo esto, un endurecimiento en el mal como pocas veces antes lo haya registrado la historia. 

      Visto así el panorama, es claro que de lo que se trata hoy día es de resistir con todas la fuerzas del alma a esta vorágine de elementos desencadenados, dentro de los cuales sopla además el espíritu de las tempestades. Es necesario encender reflectores tan potentes que abran los ojos a los ciegos, hablar tan alto que los sordos oigan, y combatir en todas sus manifestaciones, aunque sea las menores, los brotes de lascivia, mundanismo y satanismo, pues cualquier conseción es una semilla de la cual nacerán no solamente árboles sino tupidas selvas completas. 

   Sin embargo es bien distinta la posición de ciertos optimistas de hoy día. Para ellos el hombre contemporáneo es un muchachote travieso pero bueno en el fondo que solo tiene un punto dificil en su temperamento : es irritable. Es cierto que está un tanto lejos de practicar todos los Mandamientos pero la culpa no es de él sino de aquellos que no supieron comprenderlo en su momento. En lugar de haberlo irritado con dogmas, preceptos y penitencias, se le ha debido nutrir con la suave miel de las concesiones. Se debería haberlo tratado con el pan de las sonrisas. Como no se comprendió esto y el muchachote es irritable y travieso, es por eso que destruye iglesias, desencadena guerras y organiza revoluciones. Por lo tanto, admitido que nada en su comportamiento encierra una malicia fundamental, debe excluirse una acción profunda y constante del demonio. Tampoco se puede aceptar que la Carne y el Mundo imperen vigorosamente sobre el buen muchachote porque el mal fue que lo irritaron y la curación consistirá en ablandarlo.

     Y para ablandarlo, ante todo es necesario no decir las cosas con claridad porque el muchachote se puede irritar. ¿Castidad? Sí. Pero pronúnciese la palabra en voz bien baja y solamente cuando fuere muy indispensable; sería mucho mejor dejar de usarla por un buen tiempo. ¿Obediencia al Magisterio de la Iglesia? Sí, sin duda. Pero no se hable propiamente de Obediencia y Magisterio porque también eso podría irritar al muchachote; sería mejor hablar vagamente de fe. ¿Pecado? No. No es un término conveniente. Háblese más bien de flaqueza, debilidad o desliz. !Y cuidado¡ Háblese de eso siempre con una sonrisa. ¿Infierno? ¿Para qué hablar de eso? Si nuestro muchachote llega a percibir que puede ir a parar allá puede que llegue a odiar a Dios; en el Evangelio hay algunas referencias a ese asunto pero era para los Publicanos y eso les hacía bien era a ellos. Nuestro buen muchachote ya es una persona liberada y conciente; si se le habla de infierno podría rebelarse. Dejemos el asunto para más tarde; sería más prudente.

     Todo lo anterior en cuanto lo que se refiere a enunciar la Doctrina Católica. En cuanto al modo de aplicarla, las cosas van todavía mucho más lejos : Es necesario ceder en lo que se refiere a minifaldas, trajes de baño y promiscuidad sexual. Es necesario ceder en materia de bailes lascivos, coquetería provocante, noviazgos y películas inmorales. Ceder también en materia de existencialismo y cualquier otra moda de tipo ideológico que representa apenas un capricho pasajero de nuestro buen muchachote, pues de lo contrario podría irritarse pavorosamente. De concesión en concesión se llega todavía mucho más lejos. (...) A medio susurro se le dice que la Iglesia evolucionará porque si no nuestro muchachote es capaz de hacer cosas horribles; pero bien comprendido, el muchachote es muy bueno. Y quien representa al demonio no es él sino los retrógrados, los ceñudos, los reaccionarios que tienen la maldita manía de la lógica, la coherencia, las ideas claras, las posiciones nítidas. Contra estos sí que es necesario ser combativos, inflexibles e intransigentes pues de lo contrario el mundo entero se transformará en un convento donde no habrá espacio para nuestro buen muchachote ... y esto sí que sería el verdadero infierno.

      ¿Y qué nos enseñó respecto a todo esto Aquel que es la verdadera Luz brillando entre las tinieblas? Con su ejemplo y con sus palabras Nuestro Señor Jesucristo nos enseña que ante todo es necesario nunca callar la verdad. Que hay que proclamarla siempre por entero aunque nuestros oyentes no nos aplaudan e incluso quieran lapidarnos o crucificarnos. (...) Pues actuar de otro modo no es trabajar para propagar la Verdad sino para velarla e incluso querer extinguirla.

   Esta es la lección que nos dejó Aquel cuyo nacimiento celebramos en este diciembre y de rodillas. Sepamos imitarlo hasta el final del camino aunque seamos vilipendiados y repudiados. ¿Qué de malo habría en que en el epitafio de nuestras tumbas se inscriba  "sui non eum receperunt" (Ju. 1,11) si con esto imitamos a Aquel cuya imitación es nuestro ideal y toda nuestra razón de ser?