Mons. Nguyen Van Thuan
Actualizado (Lunes, 27 de Abril de 2009 09:59) Escrito por TFP Domingo, 30 de Septiembre de 2007 22:00
Beatificarán Obispo Vietnamita
Mons. Nguyen Van Thuan, quien falleció hace cinco años expulsado de su patria natal Viet Nam, y quien fuera testigo presencial de todo el drama que llevó su país a las garras del Comunismo por causa de oscuras maniobras políticas de los gobiernos estadounidenses de aquella época, será próximamente beatificado.
Su vida personal fue un calvario de persecuciones y decepciones que lo arrojaron injustamente 13 años a una cárcel comunista sin que ninguna organización internacional defensora de los DD.HH. protestara con suficiente vehemencia, al menos públicamente.
Era descendiente de una aristocrática familia católica Vietnamita muy antigua que tuvo incluso mártires entre sus remotos antepasados cuando la Fe Católica intentaba atraer en el siglo XVII a los pueblos de Indochina mediante el apostolado de los Jesuitas. A los 39 años de edad había sido ya nombrado Obispo de Nha Trang donde ejerció por ocho años dejando los seminarios Mayor y Menor repletos de seminaristas atraídos por los finos modales y alta categoría de su trato como por sus conocimientos teológicos adquiridos en Roma. De 47 años fue nombrado Obispo Coadjutor de Saigón con derecho a sucesión con lo cual se abría una posibilidad enorme de reflorecimiento cristiano en Vietnam. Pero al poco tiempo cayó el país en manos comunistas y por supuesto que Mons. Van Thuan fue enviado a prisión durante 13 años, 9 de los cuales los pasó absolutamente solo en un estrecho y antihigiénico calabozo oscuro sin saber si era de día o noche. Fue liberado en 1.988 con prohibición expresa de ejercer su ministerio y expulsado del país en 1.991 a partir del cual comenzó a vivir en Roma como colaborador directo del Santo Padre. Sin embargo Mons. Van Thuan estaba ya marcado por el dolor y la tragedia de la pérdida completa de su rebaño lo cual ciertamente afectaba sus delicados sentimientos de Pastor e hijo de la élite vietnamita. El 15 de diciembre de 1.999 el Papa Juan Pablo II lo nombró Cardenal. Moriría a la edad de 74 años en Roma el 16 de septiembre de 2002.
De su testimonio en prisión, consignado en su best seller “Camino de la Esperanza” traducido ya a más de 12 idiomas, se destaca el apostolado que hacía con sus carceleros, los cuales terminaban reconociendo en este compatriota de noble familia, un hombre bueno y raizal que podía ser prototipo y paradigma de su raza y de su pueblo. La dirección de la prisión había optado por rotar los carceleros pero notando el cambio que producía en ellos, decidió asignarle siempre los mismos para que no los “corrompiera” a todos, prueba de su natural capacidad de líder espiritual en su noble nación hoy día tan lejos de la Iglesia, pero a la espera de un inevitable reflorecimiento porque la sangre de los mártires es y ha sido siempre semilla de cristianos.
Otro “Fioretti” de su viacrucis es la manera como en secreto celebraba una misa consagrando tres gotitas de vino y una de agua en el fondo de la palma de su mano. Había conseguido que algunos feligreses clandestinos que sobrevivían a la persecución le hicieran llegar un frasquito de vino como si fuera un remedio para el estómago. Esperar este momento del día en que celebraba su precaria misa y tenía entre sus manos el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesús, fue lo que ciertamente evitó que se volviera un demente. Un altoparlante frente a la celda rugía desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche consignas marxistas a todo volumen. Mons. cuenta en sus memorias que no podía durante ese tiempo recordar completa el Avemaría. Se limitaba a decir "Avemaría ruega por mí en la muerte". Cuando el infernal altoparlante se silenciaba por apenas seis horas, Mons. celebraba su precaria, bella y misteriosa misa.
Cumple a toda la cristiandad de la tierra rezar por verlo pronto en la honra de los altares intercediendo por tantos y tantos que todavía hoy gimen bajo el yugo atroz del comunismo o padecen las secuelas psicológicas y morales de ese crimen colectivo que es la vergüenza de la humanidad, como alguna vez lo dijera el Cardenal Ratzinger hoy su Santidad Benedicto XVI. Crimen e infamia tolerados inexplicablemente por los Estados Unidos y todas las naciones de Occidente cristiano en los tiempos de la fatídica “Guerra fría” y que hoy día por absurdo que parezca, permanece impune. Ningún tribunal internacional se ha erigido para juzgar ese genocidio que sacrificó las élites naturales -en su mayoría cristianas- de muchos países, y dejó en la orfandad millones de seres humanos sin rumbo a los que hoy se les impone, con la brutalidad del capitalismo salvaje, un sistema de desarrollo económico que solo favorece las grandes corporaciones multinacionales anónimas y despiadadas, destruyendo medianas y pequeñas empresas familiares y oprimiendo la fuerza laboral bajo el eufemismo de simples “empleados” temporales, cuya única aspiración permitida es convertirse en esclavizados “pensionados” de un sistema cada día más anticristiano, igualitario e inhumano.
Mons. Van Thuan es el símbolo de una santa resistencia católica y pacífica, pero totalmente consciente del asesinato espiritual que el comunismo perpetró para abrirle paso al canibalismo del macrocapitalismo de nuestros oscuros días de hoy. Desde la atalaya de su formación profundamente cristiana vislumbró las pérfidas intenciones de la secta materialista y luchó con grandeza y denuedo por evitarle eso a su querido pueblo vietnamita. Ningún Jefe de Estado de su época quiso ver ni apoyar esa cruzada nacida de su valiente corazón que presentía que detrás de la golpiza de un régimen comunista vendría un fracaso económico programado, y después una presunta “reconstrucción” por manos de la transnacionales hasta convertirlo en un país de maquila como lo es actualmente.
Su nombre completo era Francois Xavier Nguyen Van Thuan; presidió el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, fue quien inició el compendio de la Doctrina Social de la Iglesia y fundador de una novedosa obra misional laica llamada Mater Unitatis que actualmente desenvuelve su apostolado también en el sector agropecuario en varios países del mal llamado tercer mundo. Mons. Van Thuan fue la gran esperanza de la Cristiandad para llevar el Evangelio a toda Asia. Su natural trato cordial que atraía irresistiblemente, su brillante inteligencia, su enorme capacidad de sufrimiento con la que fue dotado por Dios y la tenacidad constante en el trabajo, hacía de él un hombre capaz de haber convertido él solo todo el continente asiático. Como le fue cerrada por el odio y la impiedad esa posibilidad aquí en vida, ciertamente la llevará a cabo ahora desde la eternidad.




