La Nueva Justicia Colombiana
Actualizado (Viernes, 03 de Julio de 2009 18:20) Escrito por TFP Sábado, 25 de Agosto de 2007 22:00
La Sociedad Colombiana de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad -TFP- se suma a la perplejidad y acertados comentarios que recientemente el editorialista del semanario El Catolicismo, de la Arquidiócesis de Bogotá, acaba de publicar en su edición del 28 de julio al 10 de agosto acerca de la forma como algunos de los más importantes medios de comunicación de Colombia informan deformando, juzgan y sentencian como si fueran tribunales. Baste recordar el entrevistador de RCN TV de hace dos semanas atrás tomándole juramento públicamente al P. Rozo de la forma más atrevida posible. Por eso nos parece de mucha importancia para ayudar a orientar la opinión pública nacional, transcribir a continuación el texto íntegro del mencionado editorial a fin de que los colombianos vayamos aprendiendo a tomar con mucho cuidado la manera como se trasmiten noticias en algunos medios del país.
La Iglesia y la justicia 27 de julio de 2007.
Los vientos huracanados no pueden conducir a otra cosa sino a que cada creyente, a que todas las comunidades y a que con mayor razón los pastores, experimenten y testimonien un creciente nivel de exigencia en santidad.
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¿Para qué los jueces en Colombia? Los tribunales tradicionales no parecieran tener sentido en un momento en el que lo que publica El Tiempo o transmite La W suele tener el peso de una sentencia judicial; en medios como éstos, se abren procesos, se instruyen investigaciones, se dictan sentencias y se imponen penas. Bajo argumentos como el derecho a la información o la libertad de expresión, se abren los micrófonos y las páginas para que todo tipo de personas, infladas de soberbia, con heridas no sanadas o sin la ciencia debida "pontifiquen" sobre cualquier tema, pretendan monopolizar la verdad y despedacen inmisericordemente a sus contradictores. Quien sufre las consecuencias es el ciudadano medio, que termina forjándose una opinión que no corresponde con los hechos. El doloroso y reciente caso de clérigos acusados de abuso de menores es un típico ejemplo de tal hecho.
El editorial del periódico El Tiempo el pasado 25 de julio tiene flagrantes imprecisiones, mezcla verdades con mentiras y proclama conclusiones que inducen a engaño, como cuando afirma que una sentencia del Tribunal Eclesiástico de Bogotá "tendrá también efectos en la órbita de la legislación colombiana", cuando cita a un congresista que lamenta que "la jerarquía eclesiástica siga protegiendo a una minoría de sacerdotes violadores" o cuando deduce que se trata de "un acto de solidaridad de cuerpo de la Iglesia y un anuncio de que esa será la política futura frente a casos semejantes"; más aún, que los involucrados en esta clase de actos "saben que contarán con una posición benevolente, que a la postre salvará a algunos religiosos del castigo legal".
La realidad es bien distinta y como lo ha manifestado el Arzobispo de Bogotá, la Iglesia repudia y lamenta profundamente todos los actos que van en contra de la vida y dignidad de la persona humana; igualmente ha reafirmado que los sacerdotes como ciudadanos que son, están sometidos a las leyes colombianas y eclesiásticas y son responsables ante ellas de sus propios actos. Desde Juan Pablo II, la Santa Sede también ha reiterado su decisión de no excusar y de hacer hasta el último esfuerzo por evitar y prevenir el nefasto drama del abuso infantil. Y es que la Iglesia, que siempre procura la búsqueda de la verdad y acata las decisiones judiciales, también brinda y tutela el legítimo derecho de defensa y la presunción de la inocencia.
Es cierto que la paidofilia -delito que se presenta con mayores índices en contextos familiares y en otras instituciones-, cuando se da dentro de la Iglesia o cuando es cometido por uno de sus miembros, atenta directamente contra la identidad y misión de la institución, arruina la vida de los afectados, mina la credibilidad del Evangelio y en definitiva, desdice en la práctica todo lo que se ha dicho y hecho. Pero se trata de un drama que no debe cubrir con un manto de duda generalizado la labor de la mayoría de los sacerdotes, que entregan su vida con generosidad y que testimonian las virtudes del Evangelio. No puede dejar de anotarse que así como ha habido clérigos que han sido condenados, los hay que han sido absueltos y que sin embargo cargan hasta su muerte con el estigma, porque es muy fácil lanzar una acusación en este campo y muy difícil defenderse de ella.
Una cosa sí es buena en medio de todo este momento tan doloroso para la Iglesia: Estos vientos huracanados no pueden conducir a otra cosa sino a que cada creyente, a que todas las comunidades y a que con mayor razón los pastores, experimenten un creciente nivel de exigencia en coherencia y testimonien mayor santidad. No bastan las peticiones de perdón, las indemnizaciones económicas o las declaraciones de buena voluntad. Tampoco puede haber lugar para la hipocresía, la impunidad, la falsa moral o la doble vida. Hay que implementar cambios significativos en todos los campos y procesos para evitar que un sólo niño más sea maltratado o violentado. La Iglesia tiene que ser un ejemplo en la prevención de este desgarrador drama, estructurando políticas concretas y operando las más efectivas prácticas para impedir el abuso infantil en todos sus espacios y en todos los contextos de la sociedad. Nunca como hoy la justicia puede encarnarse con mayor precisión que en el mensaje de Jesús cuando afirma: "si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, ¡sería preferible que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar!" (Mt 18, 6).




