La Aflicción y el Sufrimiento Cristianos
Actualizado (Lunes, 27 de Abril de 2009 10:00) Escrito por TFP Viernes, 30 de Marzo de 2007 22:00
De la Aflicción y Cristo nació la Iglesia
¿Cuál es el papel del sufrimiento en la vida humana? ¿Ha de ser aceptado o repudiado? ¿Es inevitable? Asuntos como este pasaban por la mente del célebre escritor católico Joris Karl Huysmans (1.848-1.907) cuando escribió su libro "L´Oblat" del que transcribimos este trecho apropiado para meditar durante esta Semana Santa del 2007.
Para intentar comprender el papel de esta terrible benefactora, sería preciso remontarse hasta la primera edad del mundo, y entrar en ese Edén donde tan pronto Adán conoció el pecado surgió la aflicción y el dolor. Fue la obra primogénita del hombre, que desde entonces lo persigue en la tierra e incluso más allá de la tumba, hasta el umbral del Paraíso.
Ella es la hija expiatoria de la desobediencia, a la que el bautismo, que borra el Pecado Original, no pudo extinguir. Al agua de este Sacramento ella añadió el agua de las lágrimas y limpió las almas tanto como pudo con dos sustancias tomadas del cuerpo del hombre : el agua y la sangre.
Odiada y detestada por todos, la aflicción martirizó a las siguientes generaciones. La Antiguedad transmitió de padre a hijo el miedo y el odio a esa comisaria de las obras divinas, a esa torturadora incomprensible para el paganismo que la consideró una divinidad malévola a la cual ni oraciones ni ofrendas podía aplacar. Caminó durante siglos con el peso de la maldición de la humanidad de aquel entonces. Cansada de inspirar solo iras y rechazos en su tarea reparadora, esperó con impaciencia -sí, también ella- la venida del Mesías, que la redimiría de su abominable fama, y destruiría de paso el execrable estigma que llevaba consigo.
Ella lo esperaba como su redentor pero también como su novio destinado desde la Caída. Reservaba para él sus violencias amorosas hasta entonces reprimidas, porque en el cumplimiento de su triste y santa misión, solo podía distribuir tormentos casi intolerables; reducía sus desoladoras caricias a la medida de las personas; no se entregaba por entero a los desesperados que la rechazaban y la injuriaban incluso cuando presentían que solamente los estaba acechando, sin acercarse demasiado. Fue de hecho una amante magnífica solamente con el Hombre-Dios, cuya capacidad de sufrimiento rebasó cuanto ella había conocido antes. Se arrastró hacia Él en esa noche espantosa, cuando a solas y abandonado en un huerto asumía los pecados del mundo entero; y apenas lo abrazó, ella misma se encumbró y se hizo grandiosa.
La aflicción era tan terrible, que el propio Cristo desfalleció a su contacto. Pero para ella la Agonía del Señor en el huerto de los olivos fue el inicio de su noviazgo. Su signo de alianza, como el de cualquier novia, sería un anillo; pero un anillo grande que solo mantenía la forma del anillo pues además de ser un símbolo nupcial era un emblema de realeza, una corona. Y con esta diadema ella ciñó la cabeza de su Esposo, antes aún que los judíos hubieran trenzado en el Pretorio la corona de espinas que ella encomendara. Y entonces la frente divina quedó rodeada por esa corona de perlas y rubís, una joya de dolor hecha de sudor y sangre.
Ella lo sació con las únicas caricias de las que era capaz, es decir, con tormentos atroces y sobrehumanos. Y ya como esposa fiel, se aferró a Él y no lo abandonó más. María Santísima, Magdalena y las santas mujeres no habían podido seguirlo a todas partes. Pero la aflicción del dolor,sin embargo, lo acompañó al Pretorio con Herodes y Pilatos. Examinó ella cuidadosamente las correas de cuero de los azotes, corrigió el trenzado de las espinas, afiló el hierro puntiagudo de la lanza, aguzó celosamente la punta de los clavos.
Y, cuando llegó el momento supremo de la boda -mientras María, Juan y Magdalena permanecían en llanto al pie de la cruz- ella, como la pobreza que menciona San Francisco de Asís, subió deliberadamente al lecho nupcial del patíbulo, y de la unión de estos dos despreciados de la tierra nació la Iglesia santa que salió entre borbotones de sangre y agua del corazón herido de Cristo. Y fue el final. Cristo, ya impasible, escapaba para siempre de sus brazos. Entonces la aflicción enviudó precisamente en el momento en que había sido finalmente amada, pero bajaba del Calvario rehabilitada por ese amor, rescatada por esa muerte.
Vilipendiada tanto como el Mesías, se había elevado con Él y había dominado también al mundo desde lo alto de la cruz. Su misión quedaba confirmada y ennoblecida. En adelante sería comprensible para los cristianos, sería amada hasta el fin de los tiempos por almas que la llamarían para apresurar la expiación de los pecados propios y ajenos, para amarla en memoria y a imitación de la Pasión de Cristo nuestro Señor.




