Iglesia y Estado

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En febrero de 1.932, Dr. Plinio -jóven Congregado Mariano de apenas 23 años de edad- fue invitado por el Centro Dom Vital de Sao Paulo a dar un discurso en el Salón Noble de la Curia Metropolitana. A este propósito disertó él sobre las relaciones de la Iglesia y el Estado, de lo cual publicamos a continuación algunos trechos. 
    

"Acepté con verdadero entusiasmo, la ardua incumbencia de defender los principios de la Santa Sede en un problema complejo y delicado, que ha sido colocado como una corona de espinas de sufrimiento en la venerable frente de los últimos Pontífices, que se han sucedido en el Trono de San Pedro. Se trata de las relaciones a ser establecidas entre la Iglesia y el Estado, en un genuino régimen republicano.

    El hombre -sociable por naturaleza- fue creado así por Dios con cualidades tales, que su vida en sociedad solo se hace posible mediante la existencia de un poder público que gobierne y coordine para el bien común las actividades individuales. Se deduce de ahí que la autoridad existe en el Estado, por disposición de la Voluntad Divina, y que obedecer a la autoridad pública es obedecer indirectamente al propio Dios. En esto, y solamente en esto, consiste el origen y carácter divino de la autoridad, según la doctrina católica.

     La escogencia, sin embargo, de los individuos que deben ser investidos de las funciones de la autoridad puede ser procesada indiferentemente por transmisión hereditaria o por elección. Y las funciones inherentes a la autoridad pueden ser colocadas en las manos de una sola persona, como en las monarquías; de una clase social, como en las aristocracias; o distribuidas entre la colectividad, como en las democracias. Por lo tanto, el carácter divino de la autoridad reside en la propia autoridad, independientemente de su modo de transmisión y de su ejercicio. (…) Como, de otro lado, la monarquía, la aristocracia y la democracia presentan respectivamente ventajas que les son peculiares, sirven todas a su finalidad, que es el bien común. Todas ellas son por lo tanto legítimas.

    Estos eran los principios profesados por la inteligencia serena y luminosa de Santo Tomás de Aquino en plena Edad Media. Y estos principios encontraban aceptación total tanto en tratadistas como en hombres de doctrina y Estadistas que los llevaban a lo concreto en la estupenda diversidad de formas de gobierno que hemos comentado.

     Hechos de una notoriedad incontestable prueban por lo tanto la neutralidad tradicional de la Iglesia en relación a las diversas formas de gobierno”.