Nuestra Madre abogada
Actualizado (Martes, 23 de Agosto de 2011 14:26) Escrito por TFP Viernes, 12 de Agosto de 2011 11:26
La Virgen del Sagrado Corazón
Plinio Correa de Oliveira
“O Legionario”, 27-VII-40 (Apartes)
Si hay una época para cuya miseria sólo pueda existir esperanza de remedio en el Sagrado Corazón de Jesús, ésa es la nuestra.
Inútil sería atenuar la enormidad de los crímenes que en todas partes practica la humanidad de nuestros días. Dijo Pío XI en una de sus encíclicas, que la degradación moral del mundo contemporáneo es tal, que lo coloca en la inminencia de verse precipitado, de un momento a otro, en condiciones espirituales más miserables de que aquellas en que se encontraba cuando vino al mundo el Salvador.
Por más variadas y bellas que sean las invocaciones con que la Santa Iglesia se refiere a Nuestra Señora, en ninguna de ellas dejaremos de encontrar una relación entre Ella y el amor de Dios. Esas invocaciones o celebran un don de Dios, al cual Nuestra Señora supo ser perfectamente fiel, o un poder especial que Ella tiene junto a su Divino Hijo.
Ahora bien, ¿qué prueban los dones de Dios, sino un amor especial del Creador? ¿Y qué prueba el poder de Nuestra Señora junto a Dios, sino ese mismo amor?
Así pues, es con toda propiedad que Nuestra Señora puede al mismo tiempo ser llamada “espejo de justicia” y “omnipotencia suplicante”. Espejo de Justicia, porque Dios la amó tanto, que en Ella concentró todas las perfecciones que una criatura puede tener, y por eso mismo en ninguna Él se refleja tan perfectamente como en Ella. Omnipotencia Suplicante, porque no hay gracia que se obtenga sin Nuestra Señora, y no hay gracia que Ella no obtenga para nosotros.
Por lo tanto, invocar a Nuestra Señora bajo el título del Sagrado Corazón es hacer una síntesis bellísima de todas las otras invocaciones, y recordar el reflejo más puro y más bello de la Maternidad Divina, y hacer vibrar al mismo tiempo, armónicamente, todas las cuerdas del amor, que tocamos una a una enunciando las varias invocaciones de la letanía lauretana, o de la Salve Regina.
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Pero hay una invocación que quiero recordar especialmente. Es la de abogada de los pecadores. Nuestro Señor es Juez. Y por mayor que sea su misericordia, no puede también dejar de ejercer su función de juez. Nuestra Señora, en cambio, sólo es abogada. Y nadie ignora que no es función del abogado otra cosa sino defender al reo. Así, decir que Nuestra Señora del Sagrado Corazón es nuestra abogada implica en decir que tenemos en el Cielo una abogada omnipotente, en cuyas manos se encuentra la llave de un océano infinito de misericordia.
¿Qué hay de mejor que se pueda mostrar a esta humanidad pecadora, a la cual, si no se le habla de Justicia de Dios, se embota cada vez más en el pecado, y si se habla de ella, desespera de la salvación? Mostremos la Justicia: es un deber cuya omisión ha producido los más lamentables frutos. Al lado de la Justicia que hiere a los impenitentes, nunca nos olvidemos sin embargo de la Misericordia, que ayuda al pecador seriamente arrepentido a abandonar el pecado y, así, a salvarse.




