Actualizado (Viernes, 19 de Febrero de 2010 16:58) Escrito por TFP Jueves, 18 de Febrero de 2010 19:17
Reflexiones para esta Cuaresma y Semana Santa
“O Legionario” No.764, 30 de marzo de 1.947
Este 2010 es un año que va registrando ya algunos hechos dolorosos contra la Iglesia católica en varios países del mundo: Leyes sustancialmente inmorales, limitaciones a nuestra libertad, persecuciones e incluso asesinatos. Valga pues transcribir seleccionados apartes de este artículo del Prof. PLINIO CORREA DE OLIVEIRA, publicado en el periódico de la Arquidiócesis de Sao Paulo porque -conscientes de que puede estar avecinándose otra vez momentos duros para los católicos, es necesario fortalecer nuestra fe y nuestra piedad, sin ningún temor y confiando siempre en la protección de Dios.
Ni odio ni amor a Dios
La verdadera piedad debe impregnar toda el alma, y por lo tanto también debe despertar y estimular la emoción. Sin embargo, la piedad no es solamente emoción, ni incluso es principalmente emoción. La piedad brota de la inteligencia, seriamente formada por un estudio catequético cuidadoso, por un conocimiento exacto de nuestra Fe, y por lo tanto, de las verdades que deben regir nuestra vida interior. La piedad reside además en la propia voluntad. Debemos querer seriamente el bien que conocemos. No nos basta, por ejemplo, saber que Dios es perfecto. Necesitamos amar la perfección de Dios y por lo tanto desear para nosotros algo de esa perfección: Es el anhelo de la santidad. “Desear” no significa apenas sentir veleidades vagas y estériles. Solo queremos seriamente algo cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para conseguir lo que queremos. Por lo tanto, solamente queremos seriamente nuestra santificación y el amor de Dios, cuando estamos dispuestos a todos los sacrificios para alcanzar esa meta suprema. Sin esta disposición, todo querer no es sino ilusión y mentira. Podemos llegar a tener incluso la mayor ternura en la contemplación de las verdades y misterios de nuestra religión: pero si de ahí no sacamos resoluciones serias y eficaces, de nada valdrá nuestra piedad.
Es lo que se debe decir especialmente en los días de la Pasión de Nuestro Señor. No nos basta apenas acompañar con ternura los varios episodios de la Pasión: esto sería excelente pero no suficiente. Debemos darle a Nuestro Señor en estos días, pruebas sinceras de nuestra devoción y amor. Estas pruebas, las debemos dar con el propósito de enmendar nuestra vida y de luchar con todas nuestras fuerzas por la Santa Iglesia Católica. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Cuando Nuestro Señor interpeló a San pablo en el camino a Damasco, le preguntó: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?” Saulo perseguía a la Iglesia y Nuestro Señor le dijo que era a Él mismo a quien Saulo perseguía.
Si perseguir a la Iglesia es perseguir a Jesucristo, y si hoy también la Iglesia es perseguida, hoy Cristo es perseguido. La Pasión de Cristo se repite de algún modo también en nuestros días.
¿Cómo se persigue hoy a la Iglesia?
Atentando contra sus derechos o trabajando para apartar de ella las almas. Todo acto por el cual se aparta de la Iglesia una alma, es un acto de persecución a Cristo. Toda alma es dentro de la Iglesia un miembro vivo. Arrancarle una alma a la iglesia es arrancarle un miembro al Cuerpo Místico de Cristo. Arrancarle un alma a la Iglesia es hacerle a Nuestro Señor –en Cierto sentido, lo mismo que nos harían sin nos arrancaran la niña de los ojos.
Si queremos pues condolernos con la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, meditemos sobre lo que Él sufrió en las manos de los Judíos, pero no olvidemos todo cuanto hoy se hace para herir su Divino Corazón. Y esto tanto más cuanto que Nuestro Señor previó durante su Pasión, todo lo que sucedería después. Previó, pues, todos los pecados de todos los tiempos como también los pecados de nuestros días. Previó nuestros pecados y sufrió por ellos anticipadamente. Estuvimos presentes en el Huerto como verdugos, y como verdugos lo seguimos paso a paso hasta lo alto del Gólgota. Arrepintámonos pues y lloremos.
La Iglesia, sufridora, perseguida, vilipendiada, está ahí ante nuestros ojos indiferentes y crueles. Está ante nosotros como Cristo delante de la Verónica. Condolámonos con sus padecimientos. Con nuestro cariño, consolemos a la Santa Iglesia de todo cuanto sufre. Podemos estar seguros que con esto, estaremos dando al propio Cristo una consolación idéntica a la que le dio Verónica.
¿Y entre nosotros?... Esta Fe que tantos combaten, persiguen y traicionan, gracias a Dios la tenemos. Pero ¿qué uso hacemos de ella? ¿La amamos? ¿Comprendemos que nuestra mayor ventura en la vida consiste en ser miembros de la Santa Iglesia, que nuestra mayor gloria es el título de cristiano?
En caso afirmativo, –y cuán raros son los que en sana consciencia podrían responder afirmativamente ¿estamos dispuestos a todos los sacrificios para conservar la Fe? No respondamos en un asomo de romanticismo que sí. Seamos realistas. Miremos fríamente los hechos. No está junto a nosotros el verdugo que nos va a colocar en la alternativa de la cruz o de la apostasía. Pero todos los días, conservar la fe nos exige sacrificios ¿los hacemos?
¿Sería exacto afirmar que para conservar nuestra Fe, evitamos todo lo que la pone en riesgo? ¿Evitamos las lecturas que la pueden ofender? ¿Evitamos las compañías entre las cuales nuestra Fe corre peligro? ¿Procuramos frecuentar ambientes en lo que la Fe florece y echa raíces? O, a cambio de placeres mundanos y pasajeros ¿preferimos vivir en ambientes en los cuales nuestra Fe se debilita y amenaza derrumbarse?
Todo hombre, por el simple hecho del instinto de sociabilidad, tiende a aceptar las opiniones de los otros. Y en general, hoy día las opiniones dominantes son anti-cristianas. Se piensa contrariamente a la Iglesia en materia de filosofía, de sociología, de historia, de ciencias positivas, de arte, en fin, de todo. Y muchos de nuestros amigos, siguen la corriente. ¿Tenemos el coraje de disentir? ¿Resguardamos nuestro espíritu de cualquier infiltración de ideas erróneas? ¿Pensamos con la Iglesia en todo y por todo? O ¿nos contentamos negligentemente en vivir aceptando todo cuanto el espíritu del siglo nos inculca simplemente porque nos lo inculca?
Es posible que no hayamos todavía expulsado a Nuestro Señor Jesucristo de nuestras almas. ¿Pero cómo tratamos a ese Divino Huésped? ¿Es Él, objeto de todas nuestras atenciones? ¿Es Él, centro de nuestra vida intelectual, moral y afectiva? ¿Es Él nuestro rey? O ¿simplemente hemos reservado para Él un pequeño espacio donde lo toleramos como huésped de segunda categoría, sin muncha importancia, algún tanto inoportuno?
Cuando nuestro Divino Maestro gimió, lloró y sudó sangre en la Pasión, no era solamente porque lo atormentaban apenas los dolores físicos o los sufrimientos ocasionados por el odio de los que en ese momento lo torturaban física, psicológica y espiritualmente. Lo atormentaba todavía más, todo cuanto contra Él y la Iglesia se haría en los siglos venideros. Lloró por el odio de todos los malos, de todos los Arrios, de todos los Nestorios, de todos los Luteros. Pero lloró también porque veía delante de Él el cortejo interminable de las almas tibias, de las almas indiferentes, aquellas que sin perseguirlo, no lo aman como deben.
Es la falange incontable de los pasan la vida sin odio y sin amor, que según Dante en su Divina Comedia, no van al Cielo pero tampoco caen en el infierno porque ni en este lugar hay un espacio para ellos.
¿Estamos acaso en ese cortejo?
He aquí una buena pregunta que -con la gracia de Dios, debemos respondernos en estos días de piedad, recogimiento y expiación en los que ahora debemos entrar.
Nota: Traducido y adaptado directamente del portugués bajo responsabilidad de Antonio León Borda Gómez.