A uno de los pueblos más afectuosos del Mundo
Actualizado (Sábado, 20 de Junio de 2009 15:19) Escrito por Plinio Correa de Oliveira Sábado, 13 de Junio de 2009 13:19
En la gesta mariana de un varón católico, como fue el Prof. Plinio Correa de Oliveira, figura esta pieza de oratoria improvisada por él durante la clausura del IV Congreso Eucarístico Nacional hace ya casi 70 años ante un auditorio de casi medio millón de católicos en el centro de la ciudad de Sao Paulo el día 7 de septiembre de 1.942, plena segunda guerra mundial, cuando todavía era posible que en el horizonte de los trágicos acontecimientos emergiera una potencia católica apostólica romana capaz de evitar la debacle moral que significó para el mundo la aparición del totalitarismo nazi-comunista y su agresión contra los valores cristianos. En otra ocasión Dr. Plinio se había referido al brasilero como el pueblo más afectuoso e intuitivo del mundo. Y en este discurso del 42, hace énfasis en convocar a los grandes potentados del poder temporal del país para que valoren la potencia de un Brasil rico y católico.
“Producto de la cultura latina valorizada y como que transubstanciada por la influencia sobrenatural de la Iglesia, el alma brasilera es el resultado del trasplante, para nuevos climas y nuevos paisajes, de estos valores eternos y definitivos que, precisamente porque son definitivos y eternos, podemos adaptarlos a todas las circunstancias contingentes, sin que pierdan la identidad substancial consigo mismos. La perfecta formación del alma brasilera implica pues, dos tareas esenciales: una que mantenga siempre intactos los fundamentos de nuestra civilización cristiana occidental, y otra que ajuste esos fundamentos a las condiciones peculiares de este hemisferio.
Nuestros antepasados ejecutaron con evidente éxito e indomable valentía la primera parte de esta ingente tarea. Tras cuatrocientos años de lucha, de trabajo, aquí florece este Brasil que es para la civilización occidental un motivo de esperanza, y para la Santa Iglesia de Dios una causa de júbilo. Pero este esfuerzo de conservación, que todavía es y continuara siendo siempre necesario, fue hasta aquí tan bien observado que como que relegó para un segundo plano el problema de la adaptación. Nos aplastaba la desproporción entre nuestros recursos materiales que del seno de la tierra desafiaban nuestra capacidad de producción, y la insuficiencia de nuestros brazos, de nuestro dinero y de nuestras energías para explotarlos. La tierra brasilera se presentaba llena de posibilidades fabulosamente enormes, de riquezas inagotablemente fecundas, que se adivinaban y s sentían incluso antes de cualquier demostración técnica y científica. Y lo mismo se podría decir de nuestra historia, toda ella tejida hasta aquí de acontecimientos políticos de alcance meramente continental y transcurrida casi toda ella en un tiempo en que no estaba en América el centro de gravedad del mundo. (…) Esa especie de predestinación se afirma en la propia configuración de nuestros panoramas. Tal vez no fuese osado afirmar que Dios colocó los pueblos de su elección en panoramas adecuados a la realización de los grandes destinos a los que los llama. Y no hay quien, viajando por nuestro Brasil, no experimente la confusa impresión de que Dios destinó para teatro de grandes acontecimientos este país cuyas montañas trágicas y misteriosos peñascos parecen convidar al hombre a las supremas audacias del heroísmo cristiano, cuyas verdes planicies parecen querer inspirar brote de nuevas escuelas artísticas y literarias, de nuevas formas y tipos de belleza, y en la orla de cuyo litoral los mares parecen cantar la gloria futura de uno de los mayores pueblos de la tierra. Cuando nuestro poeta cantaba que “nuestra tierra tiene palmeras donde canta el sabiá, y las aves que aquí gorgorean no gorgorean como las de allá”, percibió tal vez confusamente que la Providencia depositó en la naturaleza brasilera la promesa de un porvenir igual al de los mayores pueblos de la tierra. Y hoy, cuando Brasil emerge de su adolescencia para la madurez, y titubea en las manos de la vieja Europa el centro de la cultura cristiana que el totalitarismo quiere destruir(1), se hace patente a los ojos de todos que los países de América son realmente el gran silo de la Iglesia y de la Civilización Cristiana, el terreno fecundo donde podrán reflorecer con brillo todavía mayor que antes las plantas que la barbarie devasta en el viejo mundo. América entera es toda una constelación de pueblos hermanos. En esa constelación, sobra decir que las dimensiones naturales de Brasil no son sino una figura de la magnitud de su papel providencial. Tiempo hubo en que la historia se pudo titular Gesta Dei per Francos(2).

Día vendrá, en que se escribirá Gesta Dei per Brasilienses. La providencial misión de Brasil consiste en crecer dentro de sus propia fronteras, en multiplicar aquí los esplendores de una civilización genuinamente católica, apostólica y romana, y en iluminar amorosamente todo el mundo con la antorcha de esta gran luz que será verdaderamente el Lumen Christi que la Iglesia irradia. Nuestra índole dulce y hospitalaria, la pluralidad de razas de los que aquí viven en fraternal armonía, el concurso de los inmigrantes que tan íntimamente se injertó en la vida nacional, y más que todo, las normas del Santo Evangelio que jamás harán de nuestros anhelos de grandeza un pretexto para jacobinismos mezquinos, para racismo estultos, para imperialismo criminales. Si algún día Brasil será grande, lo será para el bien del mundo entero: “Sean entre vosotros los que gobiernan como los que obedecen”, dice el Redentor. Brasil no será grande por la conquista sino por la Fe; no será rico por el dinero cuanto por la generosidad. Y realmente, si supiéremos ser fieles a la Roma de los Papas, nuestra ciudad podrá se una nueva Jerusalem, de belleza perfecta, honra, gloria y Gaudio del mundo entero.(…) “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, explorad –señores del Poder Temporal, la riqueza de nuestra tierra, estructurad según las máximas de la Iglesia –que son la esencia de la Civilización Cristiana, todas nuestra instituciones civiles. Auxiliada en cuanto de vosotros dependiere, a la santa Iglesia de Dios para que forme el alma nacional en la vida de la gracia, para la gloria del Cielo. Haced de Brasil una patria próspera, organizada y pujante, que la Iglesia entonces hará del pueblo brasilero uno de los mayores pueblos de la historia. En la armonía de esta misma obra está la predestinación de una íntima cooperación entre los dos poderes. Dios jamás será también servido como cuando César se porta como si fuera su hijo. Y, señores, en nombre de los católicos de Brasil, yo os lo garantizo, César jamás es tan grande cuando se comporta como un hijo de Dios. En esta colaboración está el secreto de nuestro progreso, y en ella, vuestra parte es verdaderamente magnífica. Trabajad, Señores del Orden Temporal, trabajad en ese sentido. Tendréis la cooperación entusiasmada de todos nuestros recursos, de todos nuestros corazones, de todo nuestro fervor. Y cuando algún día Dios os llamare a la Vida Eterna, tendréis entonces la suprema ventura de contemplar un Brasil inmensamente grande y profundamente cristiano, sobre el cual, el Cristo del Corcovado, con sus brazos abiertos, podrá decir aquello que es el supremo título de gloria de un pueblo cristiano. Ejecutad el programa de gobierno que Cristo trazó a todos los hombres, y que consiste en procurar antes que todo el reino de Dios y su Justicia, que todas las otras cosas serán dadas por añadidura. En un Brasil inmensamente rico, veréis florecer un pueblo inmensamente grande, porque de él se puede decir:
-Bienaventurado este pueblo sobrio y desapegado del esplendor de su riqueza, porque de él es el reino de los Cielos.
-Bienaventurado este pueblo generoso y acogedor, que ama la paz más que a las riquezas, porque él posee la tierra.
-Bienaventurado este pueblo de corazón sensible al amor y a los dolores del Hombre-Dios, al amor y a los dolores de su prójimo, porque en esto mismo encontrará su consolación.
-Bienaventurado este pueblo varonil y fuerte, intrépido y corajoso, ávido y sediento de las virtudes heroicas y totales, porque será saciado en su apetito de santidad y grandeza sobrenatural.
-Bienaventurado este pueblo misericordiosos, porque alcanzará misericordia.
-Bienaventurado este pueblo casto y limpio de corazón, bienaventurada la inviolable pureza de sus familias cristianas, porque verá a Dios.
-Bienaventurado este pueblo pacífico, de patriotismo limpio de jacobinismo y racismo, porque será llamado hijo de Dios.
-Bienaventurado este pueblo que lleva su amor a la Iglesia al punto de luchar y sufrir por Ella, porque de él es el reino de los Cielos”.
1). Dr. Plinio pronunció estas palabras el día 7 de septiembre de 1.942, cuando las batallas de la Segunda Guerra Mundial –impulsadas por la ofensiva del nazismo, se daban por todo el continente europeo.2). “La Gesta de Dios por medio de los Francos”. Los francos, antepasados de los actuales franceses, fue el primer pueblo bárbaro que se convirtió en su totalidad a la Iglesia Católica transformándose en un medio para edificar a la cristiandad medieval. De donde la expresión histórica Gesta Dei per francos -usada por algunos grandes historiadores, indicaba que el papel primordial de los francos en la historia cristiana de Europa, era impulsado por el propio Dios.




