San José: Mártir de la Grandeza
Actualizado (Viernes, 03 de Julio de 2009 13:11) Escrito por Plinio Correa de Oliveira Jueves, 07 de Mayo de 2009 17:33
Publicamos a continuación una muy peculiar disertación del Prof. PLINIO CORREA DE OLIVEIRA acerca de San José, hecha en marzo de 1.985 y que destaca el aspecto sufridor más grandioso de la vida de quien fuera el padre adoptivo de nuestro Divino Redentor.
San José: Mártir de la Grandeza
Para hacernos una idea de quién fue San José -Patrono de la Iglesia y cuya fiesta se conmemora el 19 de marzo- frente a la escasez de datos biográficos, precisamos considerar dos hechos inmensos: fue el padre adoptivo del Niño Jesús y el esposo de Nuestra Señora. El esposo debe ser proporcional a la esposa. Ahora bien, ¿quién es Nuestra Señora? Ella es sin la menor duda, la más perfecta de todas las criaturas, la obra prima del Altísimo. Si sumamos las virtudes de todos los ángeles, de todos los santos y de todos los hombres hasta el fin del mundo, no tendremos siquiera una pálida idea de la sublime perfección de la Madre de Dios. Pero un hombre fue escogido de entre todos para ser proporcionado a esa excelsa criatura. Proporcional, naturalmente, por su amor de Dios, por su sabiduría, por su pureza, por su justicia, por todas las virtudes en fin. Y ese hombre fue San José.
MISIÓN GRANDIOSA
Pero hay algo todavía más insondable: el padre debe ser también proporcional al hijo. Y era necesario que un hombre cargase con toda la dignidad y la honra de ser el padre adoptivo de Dios. Y hubo solamente uno, creado especialmente para eso, con el alma adornada de todas las virtudes enteramente a la altura de tan sublime misión. Ese hombre fue San José. Era proporcional a Nuestro Señor Jesucristo, proporcional a su excelsa Madre. ¡Cuánta grandeza encierra todo eso! Es tal la desproporción con el resto de los hombres, que no nos podemos hacer idea. Es penetrar de tal manera en el alma santísima de Nuestra Señora, es tener tal intimidad con el Verbo Encarnado, que el vocabulario humano no encuentra palabras para expresarlo adecuadamente.
Se acostumbra por ejemplo a representar a San Antonio de Padua con un libro en la mano y al Niño Jesús sentado allí. Y el santo embebido porque el Niño Jesús estuvo unos instantes en sus brazos. Y vemos admirados a San Antonio: ¡como se ve feliz por haber sido distinguido con esa honra sin nombre! Ahora bien, ¿cuántas veces tuvo San José en sus brazos al Niño Jesús? Y todavía más: San José tuvo unos labios suficientemente puros y una humildad suficientemente grande para hacer esta cosa formidable: ¡responderle a Dios! Imaginemos la escena: El Niño Jesús está delante de él y le dice: “Le pido un consejo, ¿cómo debo hacer tal cosa?” Y el Patrono de la Iglesia Universal, mera criatura, a sabiendas que es Dios quien le pregunta, le da el consejo. Imaginemos pues a un hombre que tuvo la suficiente sabiduría y pureza para gobernar aquí en la tierra al propio Dios y a la Santísima Virgen.
GRANDEZA RECHAZADA POR LOS HOMBRES
Estamos hablando de la grandeza de San José: ¿Cómo fue ella recibida por los hombres de su tiempo? Dice el Evangelio: “Y (María) dio a luz su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre; porque no había lugar para ellos en la hospedería” (Lc.2,7) Esa frase -“No había lugar para ellos en la hospedería”- contiene una amarga verdad: Los hombres tienen particular dificultad para recibir aquello que es grande -y a fortiori lo que es Divino- por causa de su mezquindad. A veces pensamos que los hombres se complacen tratando lo que es importante, alto, sublime. Es un gusto que existe, sí, pero apenas superficialmente y por interés.
Los hombres no sienten mucha atracción por la grandeza pero sí por la mediocridad, particularmente si es una mezcla heterogénea de bien y mal con un gusto más acentuado por lo malo que por lo bueno.
Hay una tendencia profunda en el hombre hacia lo trivial, hacia lo banal, y que es contraria a lo grandioso, a lo sublime. Entonces comprendemos por qué no había voluntad para darle un lugar a la Sagrada Familia.
No había lugar especialmente porque Nuestra Señora debía tener, al lado de un aspecto de excelsa bondad, un aire de gran majestad. Y como San José debía tener también el mismo aspecto, era una pareja sumamente distinguida pero pobre. He ahí la causa más profunda del rechazo.
EL IGUALITARISMO RECHAZA LO DISTINGUIDO
Aceptar la distinción junto a la riqueza, todavía es pasable, pues esta hace perdonar a aquella. Y el interés de conseguir dinero inculca voluntad de adular fingiendo que es respeto. Pero cuando es una gran distinción como virtud sobresaliente llamando a la puerta, y sobre todo si es pobre, entonces no hay lugar. Sin embargo de ahí a cinco minutos más tarde, es posible que sí aparezca un lugar para acomodar a un amigo mediocre o a un ricachón que no posee sino dinero … Acomodamiento que perfectamente ha podido no haber sido negado a la Sagrada Familia. ¿Y si supiesen que Nuestra Señora estaba a punto de dar a luz al Niño Dios? Tampoco la recibirían. Es bien del caso recordar aquí la frase de Donoso Cortés: “El espíritu humano tiene hambre de absurdo y de pecado” El Niño Jesús era parecido a Nuestra Señora. Ella era la prefigura del Redentor. San José también se parecía a Él.
Aquella gente no quería a Nuestra Señora ni a San José ni al Niño Dios. Apetecía lo bajo, lo vulgar … o la riqueza. Resultado: he ahí el primer rechazo del pueblo hebreo. Es la primera vez que Nuestro Señor ya estando en la tierra llama a la puerta por la voz de San José, y es rechazado. San José, príncipe de la Casa de David, príncipe de la familia real depuesta y en decadencia pero que ahora se manifestaba en su apogeo, porque de ella nacía el Esperado de todas las naciones, llama a la puerta y es rechazado. Esta es también su primera gloria. San José representaba algo que la vulgaridad, que el espíritu prosaico de los judíos de aquella época detestaba. Entonces se dio ahí el primer paso de su martirio: tener que llevar a Nuestra Señora a una gruta propia para animales donde el Niño Jesús habría de nacer. Encima de esa gloria -por cierto negativa- se acumularían muchas otras: la gloria de ser un hombre ignorado aunque se le debiese honra pública; la gloria de quien tomó sobre sí mismo todas las humillaciones, todas las ignominias, todo el peso del oprobio que habría de caer sobre Nuestro Señor.
San José tuvo desde el comienzo la bienaventuranza especial de ser rechazado por su amor a la justicia y porque poseía grandeza de alma. He aquí un aspecto olvidado aunque sobresaliente del Patrono de la Iglesia, cuya virtud es especialmente rechazada por el hombre contemporáneo y que nos lleva a decir: San José, mártir de la grandeza, ¡ruega por nosotros!




