Pío XI y la gloria del NO

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(*)La gloria del “No”

 

 “Legionario” No.336, 19-II- 1.939

  Plinio Correa de Oliveira 

        El Papa Pío XI había muerto el 10 de febrero de 1.939. Desde comienzos de ese mismo año –ocho meses antes de que estallara la II Guerra Mundial- Fascismo, Nazismo y Comunismo eran ya las referencias ideológicas y doctrinales que la prensa mundial y los académicos universitarios presentaba a la juventud idealista como alternativa. Incluso las ideas democráticas encarnadas por Estados Unidos estaban siendo cuestionadas  por fuertes movimientos pro-nazis de ese país. En el otro extremo de estos fenómenos políticos, estaba  la Doctrina perenne de la Iglesia Católica proclamada por la pluma de un joven columnista de 30 años de edad en el “LEGIONARIO”  -periódico de la Arquidiócesis de Sao Paulo en Brasil-  y quien años más tarde fundaría TRADICIÓN  FAMILIA  PROPIEDAD.


   pio XIFue tan extraordinaria la gran figura de Pio XI, que al día siguiente de su fallecimiento, ya entraba en la Historia. Fue tal y tan luminosa la nitidez de sus gestos, tan asombrosa la inflexible coherencia de sus actos, tan intrépido lo descollante de su actitudes, que el historiador -para juzgar al Papa- no va a necesitar del famoso repaso de algunos años, que en vía de regla se exige para que la historia pronuncie su Veredictum  respecto de los muertos ilustres. Hoy día la obra de Pio XI se delinea con claridad definitiva a los ojos de toda la humanidad. Y con esa claridad quedará también definitivamente fijada en las páginas de la historia.

   Si ahora la admiración por el gran Papa es casi unánime -o totalmente unánime, podríamos decir, porque las vergonzosas notas de disonancias venidas de Rusia y Alemania contra él, constituyen más bien un elogio au rebours  ya que ser elogiado por Hitler o Stalin es un vejamen, y ser ultrajado por ellos una honra- son pocos los que comprendieron su obra maravillosa.

   Es que esta su obra se desenvolvió en un tormentoso momento histórico de violencia y confusión, en que la ruda arrogancia de la fuerza y la astucia cínica del maquiavelismo parecen haber llegado a un acuerdo para alucinar y pervertir las masas. Y en medio de esa tormenta y confusión, fue solamente Pio XI quien supo hablarle al mundo el lenguaje claro, perentorio y altivo de la Fe y de la Razón.

   Los tiempos del Pontificado de Pio XI se destacaron por tres aspectos:

-a. Las doctrinas heterodoxas alcanzaron un radicalismo revestidas de una violencia desconocida por la Iglesia desde los tiempos de Constantino.

-b. La situación, extremadamente crítica para la Iglesia por causa de ese radicalismo doctrinario y la práctica de esa violencia, se agravó todavía más por la confusión establecida en virtud de la existencia de dos grandes herejías, cada cual por su lado agrediendo con furor a la Iglesia y al mismo tiempo ostentando un antagonismo vivaz entre ellas.

-c. Por otro lado, en todos los países y a despecho de todas las persecuciones, se ha observado un maravilloso renacimiento católico. Ese renacimiento -que todavía no es bastante vigoroso para  darle solución a los problemas actuales- presenta sin embargo tales indicios de vitalidad y solidez, que deja ya entrever claramente, como si estuviéramos en la aurora de un nuevo gran Pentecostés mundial, una civilización futura floreciendo en un mundo finalmente renovado por el Divino Espíritu Santo.

   Frente a esa triple situación mundial delineada, Pio XI fue:

-1. Contra la violencia extrema de sus enemigos, un Paladín de un heroísmo tal, que solo puede ser comparado al de las más audaces figuras evangélicas de la historia eclesiástica.

-2. Contra la confusión sembrada por el presunto antagonismo entre naci-fascismo y comunismo, un doctrinario de fulgurante claridad, cuya palabra, afilada como la palabra de Dios, cortó 

de un solo tajo el nudo gordiano hecho por el príncipe de las tinieblas;

-3. Y en relación con el renacimiento Católico, un fomentador maravilloso, un guía de lejana visión e incomparable clarividencia que, mientras fulminaba con una mano, echaba  con la otra las bases de una futura Civilización toda ella “instaurada en Cristo” Nuestro Señor.

   Como se puede ver, la intrepidez de la Fe, fue la nota característica de toda esta actividad Pontificia.

   Que el ardor de las pasiones sectarias y revolucionarias, alcanzó en nuestros días aspectos catastróficos y siniestros, como en los tiempos de la Iglesia en la catacumbas, fue el propio Pio XI quien lo dijo cuando afirmó en una de sus Encíclicas que el mundo moderno se encontraba a las puertas de un derrumbe general, que lo colocaría en un nivel inferior al que se encontraba la humanidad antes de la venida del Salvador.

   Para tener de todo esto una idea exacta, baste mirar con recta intención el panorama contemporáneo: Mientras Hitler en Alemania procura, con la hipocresía de Judas, ejecutar  el plan de Juliano el Apóstata, en Rusia Stalin y su caterva reproducen las persecuciones de Domiciano, Calígula y Nerón con todos los refinamientos de la crueldad. Las peores luchas que la Iglesia tuvo que enfrentar desde Constantino y Juliano, no son nada en comparación con las de nuestros días. La propia Revolución Francesa, tan siniestra y tan sanguinaria, hoy nos parece una tímida y apocada abuela de la Revolución Comunista ante las sanguinarias escenas de España y México que exceden en violencia las de 1.789, ante el adoctrinamiento comunista que ultrapasa en  furor destructivo al de los revolucionarios franceses.

   ¡Si al menos se pudiese decir que la herejía nazi apenas se propaga en Alemania como la comunista en Rusia, la situación sería menos dolorosa! Pero lo que caracteriza la presente situación del mundo es que tanto el nazismo como el comunismo se han constituido en polos de atracción de todas las doctrinas políticas, filosóficas y sociológicas de nuestro siglo. Si redujésemos a una especie de mapa hidrográfico el mundo contemporáneo, podríamos decir que él representa -abstracción hecha de la Iglesia- apenas dos grandes cuencas hidrográficas, la del comunismo y la del nazismo, hacia cuyos ríos centrales convergen todos los otros ríos tributarios.

   Efectivamente, fuera de la Iglesia no se nota una sola corriente de pensamiento que, sea por la naturaleza de su ideología o por la orientación política de sus jefes, no tienda para el comunismo o para el nazismo y no deje de prestar a la expansión del uno o del otro un apoyo efectivo y ardoroso.

   En realidad, si tanto la herejía comunista como la nazi  subyugan a Rusia y a Alemania, sus tentáculos se extenderán por el mundo entero, arrastrando hacia el abismo a toda la civilización contemporánea. Infelizmente los males de la actual situación no son apenas esos. El nazismo y el comunismo, lanzaron una incalculable confusión sobre el mundo contemporáneo.

   Los errores que ambos sustentan son absolutamente opuestos, y es precisamente por esto que gran parte de las personas -inclusive católicos extraviados- cuando reaccionan contra el uno, procuran apoyo en el otro.

   El comunismo, afirmando la libertad del individuo, exalta la personalidad humana hasta el punto de caer en el más diabólico anarquismo. El nazismo, por el contrario, afirma la autoridad y la disciplina y en esta afirmación llega a los bordes de la más criminal negación de la personalidad humana y de sus inalienables derechos. Entre esos dos polos, la humanidad tambaleando vacila, sintiendo que ni el uno ni el otro presentan el punto de apoyo suficiente. Y por eso son innumerables los que, horrorizados a justo título con los desmanes nazis, los refutan con errados principios liberales, mientras que los que al horrorizarse con el comunismo apelan como antídoto a los remedios altamente tóxicos del nazismo.

   No sorprende pues que veamos católicos, esperando de formas falsamente místicas, semi-laicas y totalitarias del Estado, la salvación para la humanidad contra el comunismo. Mientras que otros católicos, más o menos desvariando, apelan para la alianza con los comunistas a fin de poder vencer el nazismo.

   Se dice que Pío IX fue el Papa del “No”, el Papa que supo decirle a todos los errores de su tiempo una de las más retumbantes y osadas negativas que la historia registra. Pío XI entretanto, fue tal vez en grado mucho más alto, el Papa del “No”.

   El trabajo de Pío IX fue cortar los tentáculos del enemigo que lo agredía. El de Pío XI fue cortar los brazos de los Judas que lo querían abrazar. El primero es fácil y claro. Pero el segundo se presta a incomprensiones peligrosas. El Papa Pío XI no retrocedió ante ellas.

   Los primeros en cortejar al Papa fueron los totalitarios que comenzaron por concederle a la Iglesia la mayores regalías –a las cuales ella tenía entero derecho. Al los cuatro vientos proclamaron ellos su amistad a la Iglesia. Poco a poco se fueron posicionando como si fueran sus defensores. Finalmente quisieron transformarse en sus dueños y señores para esclavizarla al Estado y darle como precio de esa servidumbre a la que la querían someter, el aplastamiento del comunismo. Todo eso en medio de sonrisas y caricias que hacían embarazosa la situación.

   Con implacable clarividencia Pío XI deshizo el manejo, mostró claramente qué poco valían a sus ojos los bienes perecederos con que procuraban seducirlo sus aparentes amigos.

   Radiantes con la lucha entre los totalitarios y la Iglesia, los izquierdistas comenzaron por su lado a aproximarse a esta. Alegaban ellos la necesidad de una alianza. Ofrecían al Papado los laureles de una consagración retumbante en los círculos liberales y democráticos. Incluso el comunismo enguantó a cabritilla blanca su mano ensangrentada para extendérsela a la Santa Sede. También a esta política Pío XI supo decirle enérgicamente “no”.

   Para el Papa, maestro infalible de la Verdad, no era necesario quedar con un error o contra otro. Con un gesto de incomparable audacia, fulminó ambos errores simultáneamente. El comunismo ofrecía su colaboración al Papa como único medio de exterminar al nazismo. Y este hacía lo mismo con el comunismo. Y el Papa, entretanto, fulminando a ambos, demostró que no necesitaba de ninguno de los dos sino solamente de Cristo, pudiendo decir altivamente como Mons. Duarte(1) “Es Cristo mi firmeza y mi autoridad”.

   Un Papa así era para ser poco idolatrado por las masas. E incluso entre los círculos católicos no faltó quien dijese que él, por su inflexible intransigencia, impidió que los nazis, los fascistas, los socialistas y los comunistas se aproximasen a la Iglesia. Y realmente esta censura contra el Papa se hizo tan insistente que no faltaron los que llegaron a creer que si el Episcopado Alemán, evidentemente apoyado por Pio XI, no se hubiese enfrentado a Hitler, este se habría transformado con el tiempo en un blanco angelito de altar. Pero Pío XI sin embargo rompió resueltamente los brazos traicioneros que le ofrecían un apoyo estéril y puso en Dios toda su confianza.

   Sucedió entonces lo que siempre le sucede a quienes desprecian la popularidad y las glorias humanas. Cuando este gran Papa cerró sus ojos, el mundo entero sintió un vacío terrible. Y los elogios a su gran personalidad no brotaron apenas de los medios católicos sino también de la boca de aquellos mismos cuyos pérfidos manejos más de una vez el Papa deshizo.

   Si Pío XI hubiese adoptado el estéril arbitrio de silenciar ante sus adversarios y aceptar la mano traicioneramente cordial que le extendían, habría gozado tal vez de una popularidad transitoria.

   La popularidad es la gloria de los demagogos. La gloria es la popularidad de los santos y de los héroes. Pío XI, que despreció la popularidad, descansa hoy en la Gloria de Dios, mientras sus despojos mortales son cubiertos de gloria por los hombres.

 


NOTAS

 (*)Traducido del Portugués elocuente de los años 30 al castellano actual, el texto admite algunos cambios en el léxico, los giros gramaticales y la composición de las oraciones sin alterar por ningún motivo el sentido. Para remitirse al texto original puede tomarse como referencia los datos que se dan al pie del nombre del autor.

 (1)Arzobispo de Sao Paulo.