El Papa de la Revolución Francesa
Actualizado (Viernes, 16 de Octubre de 2009 16:51) Escrito por Antonio Borda Viernes, 14 de Agosto de 2009 15:38
El Papa de la Revolución Francesa
Giovanni Ange Braschi o Juan Ángel Braschi, nacido en Cesana (Italia) un 25 de diciembre de 1.717, fue el Papa al que le tocó la primera etapa de la defensa católica contra las ideas liberales de las llamadas Ilustración y Revolución Francesa.
Aunque era de nobilísima estirpe, esa hidalguía no pudo evitar su vergonzante empobrecimiento y venida a menos, entonces solamente sus dotes personales, su inteligencia y aplicación, así como las buenas relaciones sociales de su familia arruinada, le sirvieron para progresar con brillo y aprecio en la Corte Pontificia.
Fue elegido Papa en un Cónclave que duró un poco más de cuatro meses dada la división que había al seno del Cardenalato entre los llamados Zelantis, los Independientes y los Borbónicos. Así que la lucha entre ángeles y demonios para permitir la presencia del Divino Espíritu Santo debió ser terrible. Giovanni Ange Braschi de 58 años de edad resultó elegido en 1.775 Papa, tomando el nombre de Pio VI, y solamente el gobierno portugués del siniestro Marqués de Pombal protestó. Regiría la santa nave de Pedro por 24 años en medio de la tormenta liberal que se iniciaba con las ideas de la autodenominada Ilustración, un movimiento de eruditos fatuos y vanidosos que entre otras cosas comenzaba -mediante artículos de prensa y panfletos, a inculcar el nacionalismo laico y a cuestionar con la inspiración de la diosa razón la autoridad pontificia sobre los obispos en diferentes reinos de Europa.
Le correspondió en su pontificado defender la integridad de la Doctrina de Cristo y precisamente dentro de los reinos y estados que se decían católicos, que intentaban la subordinación de la Iglesia al Estado impulsando las llamadas ideas jurisdiccionalistas con el apoyo de algunos prelados del clero local. A pesar de que las cuestiones políticas absorbían su tiempo, es notable que por ningún motivo descuidó las doctrinales y pastorales para el buen cumplimiento de su misión espiritual dentro del objetivo salus animarum (“Salvación de las almas”) de nuestra Santa Iglesia. Utrecht, Austria, Toscana y Francia –esta todavía con sus resabios galicanistas, atormentaron mucho al papa sobre todo porque dejaban difundir ideas políticas liberales contrarias a la Doctrina de Jesús. Entre las medidas de defensa que tomó Pío VI estuvo apoyar fuertemente la publicación del Giornale Ecclesiastico di Roma que se convertiría en el órgano oficioso del Papado. Fue un gran mecenas del arte y las letras, apoyó la creación y mejoramiento de bibliotecas en Roma como la institución de nuevas cátedras en las universidades.
Curiosamente también fue un Papa agropecuario. Preocupado con la producción económica de los Estados Pontificios y la situación laboral de sus campesinos, se propuso desecación de pantanos, mejoramiento de vías para sacar la producción a mercados, cuidados técnicos de riegos y selección de razas de animales y clases de semillas. Para todo esto encargó a un funcionario especial.
El papa era un hombre de conducta irreprochable y muy buena presencia: Tanto bello cuanto santo, decía la gente en Roma. Realmente impresionaba y su pontificado aunque combatido por el liberalismo, fue respetado y reconocido como prudente y sabio. Aterrado con la difusión editorial de las ideas de la Ilustración, sobre todo aquella de que el hombre nace absolutamente libre, no dudó en condenar a ese movimiento en su primera encíclica Inscrutabile Divinae Sapieniae. Pero hubo reacción, y de donde menos se esperaba: la comunidad judía que era la que manejaba el sector editorial de casi toda Italia con el mercado de la tinta y el papel. Entonces el papa comprendió el fenómeno y prohibió la difusión del Talmud sobre todo por sus afirmaciones contra Cristo.
Pero la amarga copa que tendría que beber hasta las heces le vino con la Revolución Francesa. Trágica y dolorosa etapa de su pontificado que lo acompañó ya muy anciano hasta la muerte a los 83 años de edad. Cuando la Asamblea Constituyente Revolucionaria de Francia tomó mediadas religiosas que el papa analizó con prudencia y cuidado, bien se puede decir que se mostró cauto e inteligente. Pero la tempestad estalló con la desdichada promulgación y contenido infame por parte de los revolucionarios franceses de la llamada Constitución Civil del Clero el 12 de julio de 1.790 que imponía a los eclesiásticos un juramento de fidelidad incondicional a la revolución . El papa consideró eso un abuso, un atropello y un procedimiento ilegítimo, sin embargo supo esperar hasta marzo de 1.791 la evolución de los acontecimientos, lo cuales inevitablemente llevaron a que tuviera que publicar su breve Quod aliquiuantum en el que condenó todo lo que la Asamblea revolucionaria había legislado en materia eclesiástica. Incluso cuando el abúlico rey Luis XVI firmó la ley de la Constitución Civil del Clero, el papa lo condenó como cismático y hereje. Los revolucionarios reaccionaron invadiendo los territorios pontificios de Avignon y Veneaissin que quedaban por la frontera entre Francia e Italia, donados a la santa Sede desde el siglo VIII.
Después vino entonces en Francia el odio y el terror. Los eclesiásticos leales al Papado tuvieron que salir del país o esconderse, las familias católicas fieles fueron perseguidas, expropiadas, encarcelas y asesinadas. Al poco tiempo el general Bonaparte invadió los Estados Pontificios e incluso Roma fue proclamada una república con el apoyo de Carbonarios italianos que planearon una farsa de atentado-pretexto contra el general francés Duphot que realmente le costó la vida, lo cual fue la causa de la tal espuria proclamación y el encarcelamiento del propio papa trasladado a pesar de su edad de un lugar a otro hasta que lo llevaron a Francia en silla de manos a través de los Alpes, y allá murió en la ciudad de Valence totalmente agotado el 13 de julio de 1.799. Con Roma convertida en república, los Estados Pontificios desintegrados y el Papa muerto, Napoleón exclamó: “La vieja máquina de la Iglesia se ha deshecho”… Todavía hoy hay revolucionarios esperando que se cumpla la afirmación del Corso advenedizo que gobernó a la hija primogénita de la Iglesia Católica. El Corso murió, la Revolución Francesa se desprestigió, los sanguinarios sans coullotes fueron enterrados y la Iglesia sigue inmortal, inmaculada y cada vez más vital.
Bibliografía: DICCIONARIO DE PAPAS Y CONCILIOS,Ed.ARIEL.
DICCIONARIO DE LOS PAPAS, César Vidal,Ed.Península.




