Causas de la derrocada de la Familia (I)

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Tras muchas décadas de propaganda de “Liberación femenina” - que dirigió sus rencorosos ataques principalmente contra la institución familiar, contra la santidad del sacramento del matrimonio monogámico, heterosexual, indisuluble y pródigo, contra la función de la mujer como encargada de la crianza de los hijos, de las tareas domésticas y de las relaciones con el vecindario- asistimos hoy al derrumbe de esta santa institución creada por Dios en el Génesis. Y con el derrumbe de ella, la destrucción de toda la sociedad.


Transcribimos una selección de opiniones y conceptos hechos en varias ocasiones por el Dr. Plinio Correa de Oliveira ante Señoras amas de casa y jóvenes señoritas que colaboraban con su obra. 

Condición análoga a la de una esclava


El ataque contra la legítima desigualdad de los sexos, ha traído una tal confusión de conceptos, que solo puede favorecer el retroceso de la humanidad a la barbarie y al caos, adversa situación en la que con toda certidumbre, la pobre mujer de nuestros días será la mayor y más grande víctima del salvajismo y desenfreno de hombres medio afeminados poseídos por los demonios de la sensualidad y la arrogancia. (…)

Para comprender bien los designios de Dios en relación a la mujer es preciso, ante todo, recordar cómo ella era tratada en las antiguas civilizaciones paganas antes de la Redención, y cómo después la civilización nacida del Cristianismo la elevó, dignificó y ennobleció.

Es innegable y fácil de demostrar desde el punto de vista histórico que entre los paganos, la mujer se encontraba en una situación muy deprimente. En general era considerada como esclava de su marido que disponía de la infeliz a su parecer, llegando a tener derecho de vida y muerte sobre ella. Incluso entre los romanos, pueblo cuya legislación era de las más desarrolladas en el mundo antiguo, se verifica que existía este “derecho”.

Es célebre el caso de una matrona romana de la alta nobleza que habiendo sido denunciada como adepta al Catolicismo fue por ello sentenciada a muerte por parte del Emperador. Sin embargo, en virtud de su pertenencia a la aristocracia, se le reconocía el privilegio, determinado por la costumbre, de ser sometida a un Juri Doméstico, precedido por el jefe de familia en este caso, su propio marido. Y fue en este tribunal, constituido por sus parientes más próximos y más importantes, que la noble señora fue llamada para que presentara su defensa. Al final del juicio, al ser colocado su destino a votación, la mayoría del jurado votó su condenación a la pena de muerte, de acuerdo a lo que ordenaba el Emperador. Pero el marido intervino, solicitando en nombre de su autoridad que se le absolviese e incluso que le permitiesen practicar libremente la nueva religión a la que había adherido. Como sabían por derecho consuetudinario que el marido estaba en situación equivalente a la de dueño de la esposa, todos acataron su pedido. En este caso una costumbre pagana salvó a una católica.

Pero además de relegada a una condición casi semejante a la de una esclava, la mujer también sentía que era desplazada dado que su marido, siguiendo las costumbres paganas, tenía derecho a varias concubinas. Era el régimen de poligamia en que la mujer quedaba disminuida en su papel de esposa por la rivalidad con otras mujeres, situación realmente envilecedora. En Roma bastaba que el marido solicitara al Emperador o al Senado el divorcio y era concedido, pues no se dudaba de las razones del hombre.

Cuando -por la predicación del Evangelio entre los paganos- se constituyó la Civilización Cristiana, todo cambió. La mujer dejó de estar sujeta casi como esclava al marido, y pasó a ser centro de honra y de consideraciones especiales. Se convirtió en la noble socia del esposo que debía compartir respetuosamente su vida con la de él. La comparación que se usó para explicarle al mundo esa relación entre marido y mujer era : El marido debe respetar y amar a su esposa como Cristo ama y respeta su Esposa mística, la santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

Nació entonces en el mundo, algo que no se había visto antes, una especial y particular deferencia de los esposos para con sus esposas, de los hijos para con las madres, y el papel de la mujer se transformó radicalmente.

Sin embargo, esa feliz modificación no cambió la disposición que Dios impuso en virtud del horrendo pecado original. Dios dijo a Eva : “Estarás sujeta a tu esposo”. O sea que en el hogar, la mujer debe ser sumisa a su marido, dentro de los límites y condiciones definidos por la propia Moral Católica.

Pero esa sumisión no borra el hecho de que, por primera vez en la Historia, la mujer salió de una situación humillante para ser elevada a la alta condición de esposa y madre cristiana, todo por causa y efecto de las gracias y méritos de Nuestro Señor Jesucristo y de la predicación de su doctrina como lo viene haciendo la Iglesia católica.

Lamentablemente ciertas corrientes políticas de hoy día no aceptan ese ideal de figura femenina, porque desean la igualdad entre los sexos. Llegando al punto de predicar que mujeres y hombres tienen iguales derechos e iguales deberes, y que por lo tanto, la cabeza del hogar está exactamente dividida entre esposo y esposa. La mujer y el hombre tienen que llegar a un acuerdo absoluto e igual. Si no concuerdan así, es preciso que entonces se separen. De ahí que el divorcio tan frecuente hoy día es una consecuencia casi que diríamos natural de esta dupla autoridad igualitaria en el seno del hogar, autoridad que no puede convivir en esas condiciones. Si no hay un solo jefe, entra la división de la autoridad y por lo tanto el desorden en el hogar.