Divorcio y Romanticismo

Atención, abrir en una nueva ventana. PDFImprimirE-mail

Catolicismo No. 10 – octubre de 1.951. 

DIVORCIO  Y  ROMANTICISMO

Plinio Correa de Oliveira  

   Hacia octubre de 1.951 Dr. Plinio lideraba en Brasil una campaña contra el divorcio por lo cual escribió este interesante artículo de finísima penetración psicológica, del que transcribimos algunos trechos especialmente formativos, que colocan el asunto en términos mucho más comprensibles, incluso para la juventud de hoy. La cuestión es que la gran mayoría de los argumentos que se daba contra el divorcio, sin dejar de ser excelentes y de mucha profundidad, no pasaba de exposiciones intelectuales, académicas  y estadísticas que no alcanzaban bien el meollo de problema. 

 * * * * * * * * * * * * * *

   “(…) Con estas palabras, quiero hablar de Romanticismo. En las enciclopedias se dice que esta escuela ya murió. Y evidentemente eso es cierto si se trata de arte y literatura. Pero ¿será igualmente cierto si se trata de la vida? Los modos de ser y de sentir que el Romanticismo creó están ya de hecho muy ajenos a los hábitos mentales y afectivos de nuestros coetáneos. Pero, respecto al matrimonio, ¿sería verdadero afirmar que el comportamiento del hombre contemporáneo no se resiente todavía de cierta influencia romántica? ¿Y qué relación existe entre esta influencia y el problema del divorcio?   

   Evoquemos, antes que todo, algunos tipos de “héroes” y “heroínas” del Romanticismo.  

   El héroe de género “delicado” podría ser imaginado como un joven (¡nada menos romántico que los 50 años!) delgado, alto, pálido, de facciones regulares, grandes ojos melancólicos perdidos en el horizonte lejano, con un cierto desaliño medio poético en el peinado y en el traje, el pecho palpitando de aspiraciones ardientes, indefinidas y torturantes, buscando una felicidad afectiva completa. Pero él es un total incomprendido. En algunos rincones inexplorados de su personalidad, hay horizontes sublimes, hay anhelos inconfesables que piden, procuran e imploran la comprensión de una “alma hermana”. Debe existir por la enorme vastedad de este mundo, un ser hecho para comprenderlo. Y entonces él va en su búsqueda pues así encontrará la felicidad. Su existencia es vagar triste por la vida hasta que lo encuentre.   El héroe romántico “terrible”, un tanto diferente en la apariencia física, es idéntico desde el punto de vista moral al modelo que acabamos de describir. Aunque de exuberante virilidad, complexión atlética, belleza varonil un poco sombría -según el estilo de algunos de los personajes de Wagner- gran fortuna, gran situación social, influencia enorme, todo lo que la vida pueda ofrecer, pero… y ahí está lo romántico del cuadro, en su corazón hay una llaga: un afecto ardiente, una decepción tremenda, una persuasión tan pesada y fría cuanto una laja sepulcral, de que jamás encontrará sobre la tierra la correspondencia de afectos con los que sueña su corazón. 

   A la vez, simétricamente, se fue formando la figura de la “heroína”, de la que no sería difícil evocar dos modelos muy característicos.    Una de ellas es del género “Mignion”. Un mimo de delicadeza de alma y cuerpo. Cualquier dolor la hace llorar, cualquier rasguño de alma la hace sufrir. Ingenua como un bebé, lleva en el alma un inmenso deseo de dedicarse y ser querida por alguien. Necesita de protección, pues su fragilidad es completa y se refleja en la dulzura de su mirada, en las armónicas inflexiones de su voz, en lo fino de sus trazos y en la refinada delicadeza de su complexión.   Otro modelo del género de esas “heroínas” sería la “Despampanante”. Belleza que deslumbra con estatura y porte de reina. Centro natural de todas las atenciones, de todos los homenajes, de todas las dedicaciones, presencia dominadora y fatal. En el corazón, claro está, una oculta cicatriz, una traba profunda, un grande y escondido dolor. Es la amargura de una desilusión pasada, es la procura ansiosa y ya sin esperanzas de alguien que verdaderamente la comprenda. A sus pies, poetas, duques y millonarios, gimen inútilmente. Su mirada indiferente, profunda, altanera y tristona, busca a lo lejos por la vida, aquello que jamás encontrará: es la felicidad de un gran afecto según las “elevadísimas” y torturantes aspiraciones que le traen al alma un incesante y secreto de verter de sangre.  

   Algunos lectores podrán sonreír. ¿No parece que ya todo eso se acabó? Cuando uno ve pasar en su automóvil de color festivo un joven o una joven en esta era de jovialidad, sport y vitaminas ¿no se podrá pensar que estamos a leguas ya de distancia respecto al romanticismo? Un joven de hoy es robusto, alegre, bien instalado en la vida, buen sentido práctico y con deseos de vencer. Una joven es desembarazada, emprendedora, utilitaria y muchas veces audaz. También se le ve siempre alegre, que se siente bien y que lo único que quiere es aprovechar la existencia. ¿Qué tiene ella en común con la dama del género lagrimoso que conmovió a nuestros abuelos?   No negamos por supuesto que el utilitarismo moderno ha credo hoy día un clima de mucha tolerancia para los matrimonios cínicamente financieros. Tampoco podemos negar que los cálculos respecto a carrera y posición social, influyen hoy mucho más que en los tiempos de matrimonios de antaño. Pero me parece que erraría quien quisiese generalizar en términos absolutos los numerosos ejemplos concretos que se podrían presentar en ese sentido. A despecho de todo el utilitarismo de hoy día, el terreno reservado al “sentimiento” continua siendo considerable. Y si analizamos ese “sentimiento” veremos que no es sino una adaptación muy superficial de los viejos temas románticos.  

   Nuestra era de democracia ya no admite personajes destacados o excepcionales. El “héroe” es  hoy un “popular-guy” y la “heroína” una “glamour-girl”. Un “popular-boy” como miles, bien entendido, y una “glamour-girl” también como hay miles. La existencia  mecanizada moderna los obliga a ser menos asiduos que sus ancestros en materia de devaneos e interminables divagaciones. Todo esto circunscribe de varios modos el ámbito de las efusiones imaginativas y sentimentales. Sin embargo, hechas todas estas reservas, siempre que ellos se ocupan del amor, es el mismo sentimentalismo endulzado, los mismos vagos anhelos, las mismas incomprensiones, las mismas afinidades, los mismos sobresaltos, las mismas crisis, las mismas ansias de felicidad, de felicidad afectiva sin fin, y la misma y crónica precariedad de todas las “felicidades”. No queremos hacer aquí un estudio psicológico de la producción literaria y artística más o menos de segunda clase que corre por todo el mundo y que forma el verdadero espíritu de la masa. Basta que nuestro lector tenga un poco de sentido de esta realidad que lo rodea a todo momento, para que perciba lo justas que son nuestras apreciaciones. De hecho, la gran mayoría de los matrimonios realizados por motivos de afecto, se construye hoy día sobre la base de sentimientos absolutamente embebidos de sentimentalismo romántico. Y aquí es precisamente donde está el problema. Si algunos matrimonios se hacen por interés y otros por afecto, y si los que se hacen por afecto generalmente se hacen bajo la influencia del romanticismo, la cuestión del convivir conyugal depende de saber hasta que punto el interés o el romanticismo pueden llevar a los conyugues a soportarse mutuamente.

   Pero no hablemos del interés, el asunto es demasiado claro. Hablemos del romanticismo.   Ante todo, destaquemos que el romanticismo es esencialmente frívolo. Supone de buen grado, las mayores virtudes tanto en la “heroína” cuanto en el “héroe”. Pero en el fondo, esas virtudes pesan realmente muy poco en la balanza como factor de supervivencia del recíproco afecto. En efecto, el romanticismo perdona generalmente sin mucha dificultad, defectos morales reales, injusticias, ingratitudes y hasta traiciones. Pero no perdona trivialidades. De tal suerte que -para llegar a la carne viva del problema hay que usar ejemplos- un modo ridículo de roncar durante el sueño, mal aliento, cualquier otra pequeña miseria humana, en fin, puede matar inapelablemente un sentimiento romántico… que resistiría otras graves razones de quejas. Ahora bien, la vida humana es un tejido de trivialidades. Y no hay persona que en la intimidad no tenga que soportarlas. Por eso se volvió ya una banalidad hablar de las desilusiones después de la luna de miel. “Pasado este período” -me decía cierta vez alguien- “mi esposa no me decepcionó, pero sí me llenó de desilusiones”. Y como el romanticismo por esencia y definición es todo hecho de ilusiones, de afectos descontrolados e hipotéticos de personas que solamente existen en el mundo de las quimeras, la consecuencia es que en poco tiempo, los sentimientos, que era la única base psicológica de la estabilidad del convivir conyugal, se evaporan.   Naturalmente una persona en estas condiciones, no desciende al fondo de las cosas, no percibe lo que hay de sustancialmente irrealizable en sus anhelos, y  juzga pura y simplemente que se engañó. Entonces cree que puede encontrar en otra persona la felicidad que el matrimonio anterior no le dio. Habituada a vivir única y exclusivamente para su propia felicidad, habituada a ver la felicidad realizada única y exclusivamente en la satisfacción de sus propios devaneos sentimentales tal persona juzgará su vida irremediablemente destruida, si no la satisface de otro modo. Y juzgará también igualmente destruida la vida de todas las numerosas otras personas que hubieren caído en la misma “equivocación”. De donde el divorcio le parecerá tan absolutamente necesario cuanto el aire, el pan o el agua.   A una persona en ese estado de espíritu ¿qué la va a impresionar una argumentación seria contra el divorcio, reforzada con el lenguaje yerto de las estadísticas? Habituada a divagar y no a pensar, detesta todo tipo de argumentación, mucho más si es una argumentación bien seria. El lenguaje de los números le parece ridículo en asuntos como este. Hablarle de sociología  a propósito de matrimonio y amor, le va a parecer tan chocante cuanto hablarle de algunos tópicos botánicos a un poeta entretenido en la contemplación de una flor.  

   Se comprende entonces ahora que la campaña anti-divorcista, férreamente coherente en todos sus argumentos, golpea en un blanco errado, tratando de convencer con argumentos totalmente basados en la moral y el bien del país a gente únicamente preocupada por alcanzar su felicidad individual en un mundo de sueños y quimeras.   Y aquí llegamos al final: el romanticismo, en último análisis, es puro egoísmo. El romántico no procura sino su propia felicidad. Y solamente concibe el amor en la medida que el otro lo haga completamente feliz o sea un instrumento para alcanzar la felicidad. Y esta felicidad afectiva la desea el romántico tan exclusivamente que, de darle rienda suelta a sus sentimientos, saltará por encima de todas las barreras de la propia moral, le importará un comino todas las conveniencias del bien común e incluso buscará satisfacer brutalmente todos sus instintos. Así que sobre el egoísmo nada se puede construir…y mucho menos una familia.  

   Es necesario pues, lanzar desde ya una tremenda ofensiva anti-romántica para mostrar la sustancial diferencia que hay entre la caridad cristiana –toda ella hecha de espíritu sobrenatural, de sentido común, de equilibrio de alma, de triunfo sobre el desorden de la imaginación y de los sentidos, en fin, toda ella hecha de piedad y ascesis, contra el amor sensual y egoísta, hecho de descontroles y sentimentalismos románticos que todavía hoy subsisten.    Es absolutamente falso imaginar que los verdaderos esposos cristianos son héroes de novela, que por una feliz coincidencia lograron hacer un auténtico matrimonio según el Derecho Canónico, como paso preliminar para la satisfacción de sus pasiones, pero que llevan al tálamo nupcial el mismo estado de espíritu, el mismo egoísmo, la misma ausencia de espíritu de mortificación de cualquier aventura amorosa.  

   Mientras el concepto de lo sentimental y lo romántico, influya implícita o explícitamente sobre la mentalidad de los contrayentes, todo matrimonio de hoy día será precario, pues habrá sido construido sobre el terreno esencialmente meloso, movedizo y hasta volcánico del egoísmo humano.   Se dice comúnmente que la familia es la base de la sociedad. Pero los matrimonios nacidos del sentimentalismo egoísta y romántico, son la base de la ciudad del demonio, en que el amor del hombre por sí mismo lo lleva hasta el olvido del amor a Dios.

   Y los matrimonios nacidos esencialmente del amor de Dios y del amor sobrenaturalmente santo al prójimo, hasta el olvido de sí mismo, son la base única para la construcción de la Ciudad de Dios.